Monthly Archives: January 2016

¿Por qué escribo?

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¿Por qué escribo?

Hay quienes dicen que quien escribe no debe preguntarse el por qué escribe, sino que simplemente debe escribir. Pienso, de hecho, que cuando alguien malintencionado pregunta “¿por qué escribes?” queriendo preguntar realmente “¿por qué escribes si lo haces tan mal?”, una respuesta muy válida es “porque puedo escribir”. Sin embargo, para quienes escribimos, la pregunta de por qué lo hacemos en realidad es una que, incluso de forma inconsciente o involuntaria, nos hacemos más de una vez y cada cierto tiempo.

Pensando en esa pregunta quise indagar más (y el inconsciente tiene una profundidad indudable), para lo cual decidí hacer una lectura con mi ejemplar del Tarot de Marseille Jean Dodal de 1701 (que por lo tanto este año cumple 315 años de antigüedad), preguntándome a mí mismo mediante las cartas “¿por qué escribo?”. La respuesta, como me pasa frecuentemente cuando leo el Tarot, fue de una precisión asombrosa.

En efecto, aparecieron en la lectura inicial los siguientes Arcanos Mayores: Force (XI), L’Ermite (VIIII), Arcane sans nome (XIII). De inmediato me llamó la atención que aparecieran La Fuerza y El Ermitaño uno al lado del otro, viéndose uno al otro. Esa posición de ambas cartas me lleva a decir que escribo para sacar a la luz lo que llevo por dentro, para iluminar esa oscuridad que también soy, todo lo que se encuentra sumergido en mi ser más esencial y que no quiero suprimir, sino por el contrario abrirle la boca para no ahogarme con sus palabras que, en cambio, necesito decir.

El Arcano sin nombre, por su parte, me indica que también escribo para exorcizarme de la muerte, pero, ¿de cuál muerte? Pues de aquello con lo que debería cortar, aquello a lo que le debería poner fin. Ante esto me pareció necesario sacar una carta adicional para indagar entonces qué es eso de lo que intento librarme, y la carta que apareció fue el Arcano Mayor XV, Le Diable, que en esta lectura me pareció que hacía referencia a las ataduras, de mi profesión, pero también y sobre todo de los prejuicios que otras personas quieren imponer para impedir que escriba porque según esas personas no debería escribir. En consecuencia, escribo también para cortar las ataduras que pretenden asignarme con la finalidad de que reprima mi aspecto creativo, el fuego creativo que en definitiva puede estar encendido en cualquier persona que no se proponga extinguirlo sino avivarlo. Escribo para expresarme, pues la creatividad no es otra cosa más que la expresión de lo que es la persona que ha creado algo, por lo tanto es también una manera de ser. Quien se expresa, es, porque para ello debe extraer el material que le permite expresarse de su propia esencia, de su propio ser.

En cualquier caso, y precisamente para algunas personas que desearían que no lo hiciera, debo decir que escribo, también, porque puedo escribir.

Siendo así, concluyo esta entrada con un poema que titulé “Cuerpos que son caminos”.

 

Yo no quiero encontrarme,

quiero perderme en ti,

porque hay cuerpos que son caminos

que uno desea recorrer enteros

aunque eso implique la posibilidad

de perderse en el viaje,

de no tener la certeza

del lugar de destino

ni del tiempo de permanencia,

aunque eso implique

comprar un pasaje solo de ida

para que la única vuelta

sea la de nuestros brazos

alrededor de nuestras espaldas,

para que lo que era apenas estadía

pueda convertirse en residencia.

 

(Alejandro Rodríguez Morales)

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Un texto de José Luís Peixoto

Hoy leí, en el blog del escritor José Luís Peixoto, un texto que me (con)movió bastante y que no pude evitar desear compartir, por lo que rápidamente he hecho una traducción libre del mismo, que presento a continuación y dedico a mis amigos que ya se fueron pero cuyos perfiles en Facebook existen todavía.

“Aquello en que no queremos pensar

Son como barcos a la deriva en la noche. Existen aún, podemos verlos, las fotografías de su rostro están bien enfocadas pero, al contrario de nosotros, dejaron de estar envueltos en todo, dejaron de preocuparse, dispensan la oportunidad de compartir más links, no necesitan comentar lo que toda la gente comenta, no contabilizan el número de likes.

Los amigos de Facebook que murieron continúan en nuestra lista. No tuvimos el coraje de desamigarlos, a pesar de que sabemos que aquel perfil ya no les pertenece, ellos ya no están ahí. A veces, el cuadrado con el rostro de ellos aparece en medio de cualquier camino prosaico: sugerido cuando buscamos a alguien con un nombre semejante, cuando entramos en el perfil de un amigo en común o por simple capricho de la máquina. Entre videos de dos minutos, fotografías de alguno en la playa y aforismos que pueden rimar o no, esos encuentros súbitos nos recuerdan que la muerte forma parte del mundo.

A veces, también puede suceder que seamos nosotros quienes vayamos a los perfiles de Facebook de nuestros amigos muertos, sabemos dónde encontrarlos. Ahí nos espera un instante largo, tiempo estancado. El post más reciente que publicaron habla de un tema que Facebook superó hace mucho. Existe una gran diferencia de tono entre ese post, ignorante de la muerte que se aproximaba, y los comentarios, póstumos, lamentando esa misma muerte. Nuestro amigo nunca tuvo tantos likes y tantos comentarios. Demasiado tarde se dirigen a él, lo tratan de tú.

¿Qué post escribiríamos nosotros si supiéramos que es el último?

Algún día llegará esa hora. Espero que no sea novedad para nadie, no quiero ser yo quien vaya a dar esta noticia aciaga. Algún día llegará el momento en que todos estaremos muertos, hasta los más inocentes, hasta aquellos que no lo merecen. Antes de eso, entretanto, acumularemos muertos entre nuestros amigos de Facebook. Si viviéramos tiempo suficiente, es posible que lleguemos a un momento en el que, en Facebook, tendremos más amigos muertos que vivos. Después, entraremos también en esa multitud de muertos, perfiles baldíos, ropas fuera de moda en las fotografías. En ese día, si viéramos este instante preciso, creo que vamos a encontrar que pasó poco tiempo entre aquí y allá, entre este y ese momento”

(Traducción de Alejandro Rodríguez Morales)

Un poema de Mary Oliver

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Comienzo este año 2016 en el blog de una forma que me agrada mucho, compartiendo la traducción que hice de un poema de Mary Oliver, cuyo libro “Felicity” adquirí a finales del año pasado, aunque sorprendentemente, como puede verse en la foto que acompaña esta entrada, en la página correspondiente al título aparece el año 2016. Que sea, pues, un año de mucha poesía y buenas lecturas. Una vez más, y siendo la primera entrada de este año, aprovecho para agradecer las múltiples visitas que este modesto blog tiene, lo que constituye una verdadera fortuna y el aliento para seguir alimentándolo.

 

Depósito de almacenamiento

 

Cuando me mudé de una casa a otra

había muchas cosas para las cuales no tenía

espacio. ¿Qué hace uno? Alquilé un depósito

de almacenamiento. Y lo llené. Los años pasaron.

Ocasionalmente iba allí y veía dentro,

pero nada pasaba, ni una sola puntada

en el corazón.

Según iba envejeciendo, las cosas que me

importaban envejecían un poco, pero se hacían

más importantes. Así que un día abrí la cerradura

y llamé al de la basura. Se llevó

todo.

Me sentí como el pequeño burro cuando

fue despojado finalmente de su carga. ¡Cosas!

¡Quémenlas, quémenlas! ¡Hagan una hermosa

hoguera! ¡Más espacio en tu corazón para el amor,

para los árboles! Para los pájaros, que no poseen

nada – la razón por la cual pueden volar.

 

(Traducción de Alejandro Rodríguez Morales)