Una pequeña historia contra la intolerancia

Como quizá sepan algunos de los lectores de este blog, he sido durante muchos años profesor en diversas universidades de Venezuela, entre ellas la Universidad Católica Andrés Bello, Universidad Central de Venezuela, Universidad Católica del Táchira, Universidad Nacional Experimental de la Seguridad, Universidad Arturo Michelena, entre otras. Precisamente en mi labor docente insisto en la necesidad de fomentar en los estudiantes el pensamiento crítico, el que reflexionen constantemente para fijar posición ante las cosas de una manera razonada, lo que lleva por tanto a derribar el mito de que el profesor tiene en sus manos una verdad absoluta que los estudiantes deben acatar con los ojos cerrados. Nada más alejado de la realidad. Nadie puede decir que posee consigo esa supuesta verdad absoluta y que por ende quien piense diferente está equivocado. La intolerancia, la violencia y las guerras precisamente tienen mucho que ver, en sus factores causales, con el hecho de creer que los que piensan diferente deben ser eliminados, por no encontrarse en el “lado correcto” de la historia. Lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial y la llamada “solución final” de los judíos organizada por los nazis, es un ejemplo paradigmático de esto. Cada persona, y esto es inevitable, tiene una particular percepción de las cosas, por múltiples razones, tales como haber sido criado en un entorno familiar determinado, con cierta creencias, opiniones y tendencias; haber tenido determinadas experiencias de vida que lo llevan a tener ideas prefijadas o prejuicios sobre algunas cosas, etc.; todo ello influye en que la persona vea el mundo de una manera que no es la misma en que otras personas ven ese mismo mundo. Y sucede que en el mundo de hoy algo que cada vez parece hacernos más falta es entender esto y por ende dejar que respire la tolerancia, el respeto por el otro, la alteridad (con su raíz latina “alter”, que significa otro). Es por eso que he querido ceder un espacio de este blog a una pequeña historia que me gusta mucho y que considero muestra de forma patente la idea que he venido exponiendo acerca de la necesidad de la tolerancia y de exorcizarnos de esa creencia en verdades absolutas (que por lo tanto conducen a absolutismos y autoritarismos). La vida no es un campo de fútbol, no tiene una raya en el medio como para que estemos creyendo que tiene lados, menos todavía que uno de ellos es el único correcto. A continuación esta historia que leí en un libro llamado “Cuentos de Nasrudín”, que recoge textos de la tradición sufí, mayormente anónima y oral:

Cuenta Nasrudín que un día estaba en el cementerio cuando vio a un hombre que depositaba flores en la tumba de su esposa. A su lado había un chino colocando un plato de arroz sobre la tumba vecina.

Nasrudín se dirigió al chino y le preguntó:

– ¿Realmente cree que el difunto se comerá el arroz?

A lo cual el chino contestó:

– Sí, cuando el difunto de la tumba de al lado se decida a oler sus flores.

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