Enfermedad, estigma y un poco de literatura

Enfermedad, estigma y un poco de literatura

por Alejandro Rodríguez Morales

——

A la memoria de Daniel,

y a quienes, aún vivos,  se encuentren

en situaciones similares.

——

El detenido no es tal por ser diverso,

sino es diverso porque es detenido

Alessandro Baratta

He querido comenzar estas breves reflexiones con esta cita del criminólogo Alessandro Baratta porque considero que podría también decirse “el loco no es tal por ser diverso, sino es diverso porque se le considera loco”. El tema de la enfermedad y la literatura ha sido analizado por muchas voces, que además son indudablemente más autorizadas que yo, un outsider de las letras. Algo parecido puede decirse con respecto a la cuestión de los estigmas o de la estigmatización, aunque me parece que no con el mismo volumen que la temática previamente mencionada. Por esa razón, estas líneas no pretenden ser un análisis erudito sobre la enfermedad (o la locura) y el estigma en la literatura, sino apenas constituirse como unas consideraciones personales, desordenadas y arbitrarias al respecto.

No es demasiado difícil darse cuenta en el mundo actual, y esto por supuesto tiene su reflejo en el ámbito literario, que padecer algún problema mental, por leve que sea, por transitorio que sea, por imperceptible para la propia persona que sea, es juzgado por la sociedad de manera negativa, vale decir, es condenado. Dicha condena, como es lógico, supone una estigmatización de la persona, supone que sea marcada, excluida, apartada.

Así, todos en algún momento incurrimos en esa terrible personificación del juez, bien por nuestras propias falencias (que procuramos ocultar de ese modo), bien por la necesidad de aprobación que tenemos (lo que implica no hacerse parte de los excluidos sino por el contrario de las personas “normales”). Adicionalmente, a diferencia de un juez real, la condena que dictamos no tiene como fundamento el análisis de un conjunto de pruebas o evidencias que permitan con seriedad pronunciar la misma. Nadie puede decir que conoce todo lo que lleva dentro de sí otra persona, escasamente nos conocemos a nosotros mismos, y, de todos modos, nunca completamente.

Ahora bien, nadie está exento de juzgar y ser juzgado, lo que sí deberíamos procurar es evitar juzgar a los demás (diría Carnelutti, un penalista con altos valores humanos, “nolite iudicare”, no juzgarás), vale decir, al menos reducir la frecuencia con que lo hacemos, ello en aras de disminuir al mínimo el daño que la condena del que marcamos como “anormal” implica.

En la literatura encontramos variados ejemplos de escritores que han debido lidiar no solo con su enfermedad sino también con la estigmatización y el aislamiento derivado de ella. Puede nombrarse a Cesare Pavese, a Alejandra Pizarnik, a José Antonio Ramos Sucre, a Sylvia Plath o a Alfonsina Storni. Ellos supieron muy bien que la sociedad se empeña más en condenar al considerado “anormal” o simplemente “loco” (término en que se ubican como en cajón de sastre a los deprimidos, a los esquizofrénicos, a los solitarios, a los bipolares, o a cualquiera que no cumpla con ciertos estándares que nadie sabe muy bien por qué deben cumplirse de manera absoluta), que en intentar comprenderles y hacerles más llevadera sus de por sí difíciles vidas sin estigmatizarles, sin recordarles a cada rato que no pertenecen, que no encajan en los ritos que alguien sin rostro impuso a la sociedad.

Incluso puede que la estigmatización que he venido señalando provenga no solo de condenarse como “anormal” o “loco” a un individuo, sino también por considerar que se trata de un mero fingimiento, de un mero ropaje o máscara que porta ese individuo, en teoría para llamar la atención o para conseguir un lugar en el mundo (como si fuera posible saber qué es lo que está pasando realmente en el alma de esa persona). No es de extrañar que, en vida, nadie le diera mucha importancia a la soledad de Pavese (así, ninguna de las amigas a las que llamó el día en que decidió suicidarse en la habitación del hotel en que se hospedaba), o a los episodios de ira de Sylvia, que alguien pudo haber juzgado como una malcriada que quería llamar la atención sencillamente porque su esposo la había abandonado. Es solo después, cuando la enfermedad llega a los extremos de la obviedad (que puede en ciertos casos manifestarse nada menos que mediante el suicidio), que alguien dice “era verdad que tenía problemas” o “no nos imaginábamos por lo que estaba pasando”.

Esto, además, es lógico, porque la persona que siente o padece este tipo de problemas lo que quiere es mantenerse al margen lo más posible, en el silencio, precisamente para evitar la condena, para evadir el estigma. Pero ese silencio, de todos modos, es tomado por el tribunal de la sociedad como una prueba reina para empezar a sospechar de la “normalidad” de esa persona.

Recientemente, la escritora colombiana Piedad Bonnett presentó su libro “Lo que no tiene nombre”, el cual tiene su origen en el suicidio de Daniel, su propio hijo. Una de las cosas que Bonnett dijo en la presentación de ese libro fue que su hijo siempre quiso mantener en secreto su dolencia, deseo que fue respetado por la familia, que en consecuencia ocultaba la situación lo más posible. Contó también que una de las mejores amigas de su hijo, al enterarse de sus problemas mentales, le cerró para siempre las puertas, se dice que de su casa, pero debiera decirse más bien de su vida, y que esto lo afectó grandemente.

La idea central, entonces, de estas terriblemente dispersas reflexiones, es que, salvo la existencia de un diagnóstico médico calificado, etiquetar o clasificar a las personas como “normales” y “anormales”, “locos” y “cuerdos”, no es posible por la sencilla razón de que nadie puede saber el mundo interior de nadie. Es como aquello de dividir entre “buenos” y “malos”. En realidad, en cualquier persona hay tanto luz como oscuridad, tanto virtud como vicio, tanto fortaleza como debilidad. Por ello es tan difícil, quizá imposible, decir que alguien es absolutamente malo o absolutamente bueno.

Precisamente, y hablando de literatura, hay un poema de Nicolás Guillén que nunca he podido olvidar porque toca esa temática de lo absoluto, desmintiendo, o al menos desconfiando, de esas pretendidas “purezas”; el poema se llama “Digo que yo no soy un hombre puro”, y quisiera cerrar estos párrafos compartiendo dicho poema, no sin antes decir: Quien se considere absolutamente sano mentalmente, perfectamente cuerdo, que tire la primera piedra.

 

Digo que yo no soy un hombre puro (Nicolás Guillén)

 

“Yo no voy a decirte que soy un hombre puro.

Entre otras cosas falta saber si es que lo puro existe.

O si es, pongamos, necesario. O posible. O si sabe bien.

¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura, el agua de laboratorio,

sin un grano de tierra o de estiércol, sin el pequeño excremento de un pájaro,

el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno? ¡Puah!, qué porquería.

Yo no te digo pues que soy un hombre puro,

yo no te digo eso, sino todo lo contrario.

Que amo (a las mujeres, naturalmente, pues mi amor puede decir su nombre),

y me gusta comer carne de puerco con papas, y garbanzos y chorizos,

y huevos, pollos, carneros, pavos, pescados y mariscos,

y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino, y fornico (incluso con el estómago lleno).

Soy impuro ¿qué quieres que te diga? Completamente impuro.

Sin embargo, creo que hay muchas cosas puras en el mundo

que no son más que pura mierda.

Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario.

La pureza de los novios que se masturban en vez de acostarse juntos en una posada.

La pureza de los colegios de internado,

donde abre sus flores de semen provisional la fauna pederasta.

La pureza de los clérigos.

La pureza de los académicos.

La pureza de los gramáticos.

La pureza de los que aseguran que hay que ser puros, puros, puros.

La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia.

La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.

La pureza del que nunca succionó un clítoris.

La pureza de la que nunca parió.

La pureza del que no engendró nunca.

La pureza del que se da golpes en el pecho, y dice santo, santo, santo,

cuando es un diablo, diablo, diablo.

En fin, la pureza de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro

para saber qué cosa es la pureza.

Punto, fecha y firma.

Así lo dejo escrito.”

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