A nadie le importa nadie

A continuación una brevísima reflexión sobre algo que caracteriza decididamente a las sociedades actuales:

A nadie le importa nadie, al menos a casi nadie. El mundo es un lugar escrito en primera persona. También, por supuesto, en singular. Es un fenómeno que en una ocasión estudié desde el punto de vista de la Criminología, pues la tesis que sostuve en ese entonces es que el aislamiento, tan característico de la época que estamos viviendo, genera una “indiferencia afectiva” o “affectionless”, que lleva a que a nadie le importe, por ejemplo, que roben a otra persona, que la golpeen o que la maten (salvo que sea un familiar o amigo cercano); de resto la gente prosigue como si nada. Es entonces uno de los elementos que genera criminalidad, que permite entender la existencia del delito. Hace poco hubo un caso de suicidio que puso esta indiferencia afectiva en evidencia; un muchacho se lanzó desde un piso alto de un centro comercial y cayó en la feria de comida. Algunas personas que estaban comiendo muy cerca del lugar donde cayó el cuerpo no se retiraron, sino que siguieron comiendo con el cadáver a escasos metros de ellos. Por eso, repito, el principio (si bien todo principio tiene excepciones) es el que mencioné antes: A nadie le importa nadie.

Para mayor referencia, copio a continuación una parte de mi trabajo titulado “La sociedad excluyente y las penas exclusivas”, publicado en la revista Capítulo Criminológico, editada por la Universidad del Zulia:

Es un fenómeno de los tiempos que corren el que las relaciones interpersonales sean cada vez más pobres y menos numerosas y sustanciales (incluso ha llegado a hablarse de “contactos anónimos”), ello debido a un progresivo aislamiento de la persona con respecto a los otros; el ser humano parece cada día estar más alejado de su ser relacionado, de su sociabilidad, lo que ocasiona una serie de consecuencias ciertamente nefastas en todos los ámbitos, entre ellos, en el campo de las ciencias penales y criminológicas, al cual se hará referencia en el presente trabajo.

Sin embargo, hay que precisar que tal aislamiento progresivo de la persona no se debe al azar ni a que las nuevas generaciones sean una especie de “ermitaños” del mundo moderno, sino que el mismo se debe o ha sido determinado en gran medida por la misma dinámica de la sociedad y de las relaciones interpersonales, ciertamente más difíciles cada día por una diversidad de causas que originan obstáculos o barreras en las mismas.

En efecto, en este sentido basta observar la estructuración de las sociedades de hoy para notar que las personas que se encuentran inmersas en ellas llevan una vida bastante agitada, en la que no hay mucho tiempo más que para realizar las mínimas actividades laborales y de subsistencia; piénsese, por ejemplo, en el surgimiento de las cadenas de comida rápida, creadas precisamente por la exigencia de emplear un menor tiempo para comer. La sociedad de hoy, entonces, puede ser caracterizada sin temor a equivocarse como efervescente e intranquila. Se hace referencia aquí, y esto debe ser aclarado en el presente trabajo, a la vida en las grandes ciudades, pues la situación se presenta distinta en medios rurales (aunque no muy alejada de esa realidad) o pueblos pequeños y apartados, a los que no se hará mención en este estudio.

Este progresivo aislamiento de las personas al que se ha venido haciendo referencia hace que éstas vean limitada su capacidad de relacionarse con las demás personas, con lo que se va soslayando progresivamente el interés por la convivencia social y por obtener el bien común, poniéndose en su lugar el propio bien.

Además de esa inversión entre bien común y propio bien, una sociedad en la que a nadie le interesa nadie (por decirlo con una frase y sin ánimos de generalizar), esto es, en la que sólo cuenta lo que afecte directamente a la persona y no otra cosa, en virtud de la dinámica y la agitación inherente a la misma, propicia ciertamente, o facilita de alguna manera, la comisión de delitos.

Así, es claro que si las personas prefieren el bien propio al bien común y la sociedad en la que se manejan representa tal esquema, es comprensible que proliferen los delitos, siendo que estos son, en palabras de CARNELLUTI, la expresión del egoísmo del individuo (bien propio en detrimento del bien común), pues ya a quien comete el delito le parecerá carente de cualquier valor aquella reflexión que hacía KANT, según la cual “si robas a otro, te robas a ti mismo”, en tanto se pone en juego el orden social y la seguridad jurídica necesaria para la convivencia en armonía. De manera que ya no es un motivo para no delinquir el interiorizar (o aprehender) que delinquiendo se daña no sólo a la víctima sino también a la sociedad toda, pues careciendo de valía el bien común, sólo queda ensalzar el bien propio o particular aunque con ello se cometa un delito.

No resulta extraña en esta sociedad del aislamiento y de las relaciones anónimas, la indolencia por el otro, en un doble sentido; en tanto de manera directa, realizando un acto delictivo en su contra, lesionando así su derecho subjetivo, y en tanto de forma indirecta, por llamarlo de alguna manera, por cuanto no es insólito que, por ejemplo, una persona sea asaltada en un lugar concurrido sin que a nadie se le mueva una pestaña y que posteriormente la situación no sea distinta, esto es, que la víctima de un delito se vea completamente sola después de haber sido cometido el hecho. Todos estos factores, no parece muy difícil llegar a esta conclusión, tienen incidencia en la comisión de delitos en las sociedades de hoy.

(Alejandro Rodríguez Morales)

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