Monthly Archives: April 2013

Enfermedad, estigma y un poco de literatura

Enfermedad, estigma y un poco de literatura

por Alejandro Rodríguez Morales

——

A la memoria de Daniel,

y a quienes, aún vivos,  se encuentren

en situaciones similares.

——

El detenido no es tal por ser diverso,

sino es diverso porque es detenido

Alessandro Baratta

He querido comenzar estas breves reflexiones con esta cita del criminólogo Alessandro Baratta porque considero que podría también decirse “el loco no es tal por ser diverso, sino es diverso porque se le considera loco”. El tema de la enfermedad y la literatura ha sido analizado por muchas voces, que además son indudablemente más autorizadas que yo, un outsider de las letras. Algo parecido puede decirse con respecto a la cuestión de los estigmas o de la estigmatización, aunque me parece que no con el mismo volumen que la temática previamente mencionada. Por esa razón, estas líneas no pretenden ser un análisis erudito sobre la enfermedad (o la locura) y el estigma en la literatura, sino apenas constituirse como unas consideraciones personales, desordenadas y arbitrarias al respecto.

No es demasiado difícil darse cuenta en el mundo actual, y esto por supuesto tiene su reflejo en el ámbito literario, que padecer algún problema mental, por leve que sea, por transitorio que sea, por imperceptible para la propia persona que sea, es juzgado por la sociedad de manera negativa, vale decir, es condenado. Dicha condena, como es lógico, supone una estigmatización de la persona, supone que sea marcada, excluida, apartada.

Así, todos en algún momento incurrimos en esa terrible personificación del juez, bien por nuestras propias falencias (que procuramos ocultar de ese modo), bien por la necesidad de aprobación que tenemos (lo que implica no hacerse parte de los excluidos sino por el contrario de las personas “normales”). Adicionalmente, a diferencia de un juez real, la condena que dictamos no tiene como fundamento el análisis de un conjunto de pruebas o evidencias que permitan con seriedad pronunciar la misma. Nadie puede decir que conoce todo lo que lleva dentro de sí otra persona, escasamente nos conocemos a nosotros mismos, y, de todos modos, nunca completamente.

Ahora bien, nadie está exento de juzgar y ser juzgado, lo que sí deberíamos procurar es evitar juzgar a los demás (diría Carnelutti, un penalista con altos valores humanos, “nolite iudicare”, no juzgarás), vale decir, al menos reducir la frecuencia con que lo hacemos, ello en aras de disminuir al mínimo el daño que la condena del que marcamos como “anormal” implica.

En la literatura encontramos variados ejemplos de escritores que han debido lidiar no solo con su enfermedad sino también con la estigmatización y el aislamiento derivado de ella. Puede nombrarse a Cesare Pavese, a Alejandra Pizarnik, a José Antonio Ramos Sucre, a Sylvia Plath o a Alfonsina Storni. Ellos supieron muy bien que la sociedad se empeña más en condenar al considerado “anormal” o simplemente “loco” (término en que se ubican como en cajón de sastre a los deprimidos, a los esquizofrénicos, a los solitarios, a los bipolares, o a cualquiera que no cumpla con ciertos estándares que nadie sabe muy bien por qué deben cumplirse de manera absoluta), que en intentar comprenderles y hacerles más llevadera sus de por sí difíciles vidas sin estigmatizarles, sin recordarles a cada rato que no pertenecen, que no encajan en los ritos que alguien sin rostro impuso a la sociedad.

Incluso puede que la estigmatización que he venido señalando provenga no solo de condenarse como “anormal” o “loco” a un individuo, sino también por considerar que se trata de un mero fingimiento, de un mero ropaje o máscara que porta ese individuo, en teoría para llamar la atención o para conseguir un lugar en el mundo (como si fuera posible saber qué es lo que está pasando realmente en el alma de esa persona). No es de extrañar que, en vida, nadie le diera mucha importancia a la soledad de Pavese (así, ninguna de las amigas a las que llamó el día en que decidió suicidarse en la habitación del hotel en que se hospedaba), o a los episodios de ira de Sylvia, que alguien pudo haber juzgado como una malcriada que quería llamar la atención sencillamente porque su esposo la había abandonado. Es solo después, cuando la enfermedad llega a los extremos de la obviedad (que puede en ciertos casos manifestarse nada menos que mediante el suicidio), que alguien dice “era verdad que tenía problemas” o “no nos imaginábamos por lo que estaba pasando”.

Esto, además, es lógico, porque la persona que siente o padece este tipo de problemas lo que quiere es mantenerse al margen lo más posible, en el silencio, precisamente para evitar la condena, para evadir el estigma. Pero ese silencio, de todos modos, es tomado por el tribunal de la sociedad como una prueba reina para empezar a sospechar de la “normalidad” de esa persona.

Recientemente, la escritora colombiana Piedad Bonnett presentó su libro “Lo que no tiene nombre”, el cual tiene su origen en el suicidio de Daniel, su propio hijo. Una de las cosas que Bonnett dijo en la presentación de ese libro fue que su hijo siempre quiso mantener en secreto su dolencia, deseo que fue respetado por la familia, que en consecuencia ocultaba la situación lo más posible. Contó también que una de las mejores amigas de su hijo, al enterarse de sus problemas mentales, le cerró para siempre las puertas, se dice que de su casa, pero debiera decirse más bien de su vida, y que esto lo afectó grandemente.

La idea central, entonces, de estas terriblemente dispersas reflexiones, es que, salvo la existencia de un diagnóstico médico calificado, etiquetar o clasificar a las personas como “normales” y “anormales”, “locos” y “cuerdos”, no es posible por la sencilla razón de que nadie puede saber el mundo interior de nadie. Es como aquello de dividir entre “buenos” y “malos”. En realidad, en cualquier persona hay tanto luz como oscuridad, tanto virtud como vicio, tanto fortaleza como debilidad. Por ello es tan difícil, quizá imposible, decir que alguien es absolutamente malo o absolutamente bueno.

Precisamente, y hablando de literatura, hay un poema de Nicolás Guillén que nunca he podido olvidar porque toca esa temática de lo absoluto, desmintiendo, o al menos desconfiando, de esas pretendidas “purezas”; el poema se llama “Digo que yo no soy un hombre puro”, y quisiera cerrar estos párrafos compartiendo dicho poema, no sin antes decir: Quien se considere absolutamente sano mentalmente, perfectamente cuerdo, que tire la primera piedra.

 

Digo que yo no soy un hombre puro (Nicolás Guillén)

 

“Yo no voy a decirte que soy un hombre puro.

Entre otras cosas falta saber si es que lo puro existe.

O si es, pongamos, necesario. O posible. O si sabe bien.

¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura, el agua de laboratorio,

sin un grano de tierra o de estiércol, sin el pequeño excremento de un pájaro,

el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno? ¡Puah!, qué porquería.

Yo no te digo pues que soy un hombre puro,

yo no te digo eso, sino todo lo contrario.

Que amo (a las mujeres, naturalmente, pues mi amor puede decir su nombre),

y me gusta comer carne de puerco con papas, y garbanzos y chorizos,

y huevos, pollos, carneros, pavos, pescados y mariscos,

y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino, y fornico (incluso con el estómago lleno).

Soy impuro ¿qué quieres que te diga? Completamente impuro.

Sin embargo, creo que hay muchas cosas puras en el mundo

que no son más que pura mierda.

Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario.

La pureza de los novios que se masturban en vez de acostarse juntos en una posada.

La pureza de los colegios de internado,

donde abre sus flores de semen provisional la fauna pederasta.

La pureza de los clérigos.

La pureza de los académicos.

La pureza de los gramáticos.

La pureza de los que aseguran que hay que ser puros, puros, puros.

La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia.

La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.

La pureza del que nunca succionó un clítoris.

La pureza de la que nunca parió.

La pureza del que no engendró nunca.

La pureza del que se da golpes en el pecho, y dice santo, santo, santo,

cuando es un diablo, diablo, diablo.

En fin, la pureza de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro

para saber qué cosa es la pureza.

Punto, fecha y firma.

Así lo dejo escrito.”

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Cuando beso a una mujer que amo

Gracias. No podría comenzar esta entrada con una palabra diferente. El blog ya ha alcanzado las mil visitas, por lo que no puedo más que agradecer a todos los lectores que lo hacen posible. Para celebrar este número de visitas he querido compartir en esta ocasión un poema que titulé “Cuando beso a una mujer que amo”, título que además hace parte integrante del propio texto.

Cuando beso a una mujer que amo

siento que aprendo cosas instantáneamente,
que el mundo todo se resume en ese momento,
puedo hacerme invisible
de tanto no ver nada a mi alrededor
y hasta traspaso las cosas
porque abandono mi cuerpo
y por un momento puedo ser
únicamente espíritu,
es lo mismo que me permite volar,
teletransportarme,
imaginarme donde quiera
y no necesito ya comer
ni necesito dormir
porque de sus labios hago mi lecho
y mi sueño del sabor de su boca,
podría incluso leer los pensamientos
de quien nos viera,
todos sus pensamientos tendrían que ver
con el asombro por la pasión
con la que nos besamos.
Cuando beso a una mujer que amo
puedo sentir incluso
que he construido mi casa en la luna.
Después llega la hora de la celebración,
de hacer el amor con la mujer que amo.

(Alejandro Rodríguez Morales)

Mi traducción del poema “Existential song”, de Ted Hughes

tedcollectedEn una entrada anterior de este blog tuve la oportunidad de presentar mi traducción al español de un poema de Ted Hughes, cuya obra completa no está disponible todavía en nuestro idioma, por lo que a la voluntad de contar con una versión con la que me sienta a gusto (de allí que la traducción tenga inevitablemente una dosis de egoísmo, pues el traductor traduce lo que quiere y de acuerdo a como entiende que debe llevarse a cabo esa labor), se suma el hecho de ser su traducción una manera de divulgar la obra de este gran poeta inglés, cuyos poemas tienen una particular profundidad y dejan en el lector una sensación de querer seguir descubriendo su poesía. En esta oportunidad comparto con los lectores mi traducción del poema “Existential song”, el que no se encuentra recogido en ninguno de los poemarios de Hughes, por lo que se ubica en el apartado de los “Uncollected poems” (poemas no recogidos), de modo que el acceso al mismo solamente es posible mediante su poesía completa, la cual, por fortuna, tengo en mi biblioteca en una excelente edición de 1333 páginas. Como siempre, encontrarán el texto en inglés seguido de mi traducción al español. Que disfruten la lectura.

Existential song

Once upon a time
There was a person
Running for his life.
This was his fate.
It was a hard fate.
But Fate is Fate.
He had to keep running.

He began to wonder about Fate
And running for dear life.
Who? Why?
And was he nothing
But some dummy hare on a racetrack?

At last he made up his mind.
He was nobody’s fool.
It would take guts
But yes he could do it.
Yes yes he could stop.
Agony! Agony
Was the wrenching
Of himself from his running.
Vast! And sudden
The stillness
In the empty middle of the desert.

There he stood – stopped.
And since he couldn’t see anybody
To North or to West or to East or to South
He raised his fists
Laughing in awful joy
And shook them at the Universe

And his fists fell off
And his arms fell off
He staggered and his legs fell off

It was too late for him to realize
That this was the dogs tearing him to pieces
That he was, in fact, nothing
But a dummy hare on a racetrack.

And life was being lived only by the dogs.

—–
—–

Canción existencial

Había una vez
Una persona
Corriendo por su vida.
Este era su destino.
Era un duro destino.
Pero el Destino es el Destino.
Tenía que seguir corriendo.

Empezó a preguntarse sobre el Destino
Y eso de estar corriendo para salvar su vida.
¿Quién?¿Por qué?
¿Era él nada más
Que una liebre mecánica en una pista de carreras?

Finalmente tomó una decisión.
Él no era el tonto de nadie.
Implicaría tener agallas
Pero sí podría hacerlo.
Sí sí podría detenerse.
¡Agonía! Agonía
Era el desgarramiento
De sí mismo por su carrera.
¡Enorme! Y de golpe
La quietud
En medio del desierto vacío.

Allí se paró – se detuvo.
Y como no podía ver a nadie
Al Norte o al Oeste o al Este o al Sur
Levantó sus puños
Riéndose con furiosa alegría
Y sacudiéndolos hacia el Universo.

Y sus puños cayeron
Y sus brazos cayeron
Se tambaleó y sus piernas cayeron

Era demasiado tarde para que se diera cuenta
Que eran los perros haciéndolo pedazos
Que él era, de hecho, nada más
Que una liebre mecánica en una pista de carreras.

Y la vida era vivida solamente por los perros.

A nadie le importa nadie

A continuación una brevísima reflexión sobre algo que caracteriza decididamente a las sociedades actuales:

A nadie le importa nadie, al menos a casi nadie. El mundo es un lugar escrito en primera persona. También, por supuesto, en singular. Es un fenómeno que en una ocasión estudié desde el punto de vista de la Criminología, pues la tesis que sostuve en ese entonces es que el aislamiento, tan característico de la época que estamos viviendo, genera una “indiferencia afectiva” o “affectionless”, que lleva a que a nadie le importe, por ejemplo, que roben a otra persona, que la golpeen o que la maten (salvo que sea un familiar o amigo cercano); de resto la gente prosigue como si nada. Es entonces uno de los elementos que genera criminalidad, que permite entender la existencia del delito. Hace poco hubo un caso de suicidio que puso esta indiferencia afectiva en evidencia; un muchacho se lanzó desde un piso alto de un centro comercial y cayó en la feria de comida. Algunas personas que estaban comiendo muy cerca del lugar donde cayó el cuerpo no se retiraron, sino que siguieron comiendo con el cadáver a escasos metros de ellos. Por eso, repito, el principio (si bien todo principio tiene excepciones) es el que mencioné antes: A nadie le importa nadie.

Para mayor referencia, copio a continuación una parte de mi trabajo titulado “La sociedad excluyente y las penas exclusivas”, publicado en la revista Capítulo Criminológico, editada por la Universidad del Zulia:

Es un fenómeno de los tiempos que corren el que las relaciones interpersonales sean cada vez más pobres y menos numerosas y sustanciales (incluso ha llegado a hablarse de “contactos anónimos”), ello debido a un progresivo aislamiento de la persona con respecto a los otros; el ser humano parece cada día estar más alejado de su ser relacionado, de su sociabilidad, lo que ocasiona una serie de consecuencias ciertamente nefastas en todos los ámbitos, entre ellos, en el campo de las ciencias penales y criminológicas, al cual se hará referencia en el presente trabajo.

Sin embargo, hay que precisar que tal aislamiento progresivo de la persona no se debe al azar ni a que las nuevas generaciones sean una especie de “ermitaños” del mundo moderno, sino que el mismo se debe o ha sido determinado en gran medida por la misma dinámica de la sociedad y de las relaciones interpersonales, ciertamente más difíciles cada día por una diversidad de causas que originan obstáculos o barreras en las mismas.

En efecto, en este sentido basta observar la estructuración de las sociedades de hoy para notar que las personas que se encuentran inmersas en ellas llevan una vida bastante agitada, en la que no hay mucho tiempo más que para realizar las mínimas actividades laborales y de subsistencia; piénsese, por ejemplo, en el surgimiento de las cadenas de comida rápida, creadas precisamente por la exigencia de emplear un menor tiempo para comer. La sociedad de hoy, entonces, puede ser caracterizada sin temor a equivocarse como efervescente e intranquila. Se hace referencia aquí, y esto debe ser aclarado en el presente trabajo, a la vida en las grandes ciudades, pues la situación se presenta distinta en medios rurales (aunque no muy alejada de esa realidad) o pueblos pequeños y apartados, a los que no se hará mención en este estudio.

Este progresivo aislamiento de las personas al que se ha venido haciendo referencia hace que éstas vean limitada su capacidad de relacionarse con las demás personas, con lo que se va soslayando progresivamente el interés por la convivencia social y por obtener el bien común, poniéndose en su lugar el propio bien.

Además de esa inversión entre bien común y propio bien, una sociedad en la que a nadie le interesa nadie (por decirlo con una frase y sin ánimos de generalizar), esto es, en la que sólo cuenta lo que afecte directamente a la persona y no otra cosa, en virtud de la dinámica y la agitación inherente a la misma, propicia ciertamente, o facilita de alguna manera, la comisión de delitos.

Así, es claro que si las personas prefieren el bien propio al bien común y la sociedad en la que se manejan representa tal esquema, es comprensible que proliferen los delitos, siendo que estos son, en palabras de CARNELLUTI, la expresión del egoísmo del individuo (bien propio en detrimento del bien común), pues ya a quien comete el delito le parecerá carente de cualquier valor aquella reflexión que hacía KANT, según la cual “si robas a otro, te robas a ti mismo”, en tanto se pone en juego el orden social y la seguridad jurídica necesaria para la convivencia en armonía. De manera que ya no es un motivo para no delinquir el interiorizar (o aprehender) que delinquiendo se daña no sólo a la víctima sino también a la sociedad toda, pues careciendo de valía el bien común, sólo queda ensalzar el bien propio o particular aunque con ello se cometa un delito.

No resulta extraña en esta sociedad del aislamiento y de las relaciones anónimas, la indolencia por el otro, en un doble sentido; en tanto de manera directa, realizando un acto delictivo en su contra, lesionando así su derecho subjetivo, y en tanto de forma indirecta, por llamarlo de alguna manera, por cuanto no es insólito que, por ejemplo, una persona sea asaltada en un lugar concurrido sin que a nadie se le mueva una pestaña y que posteriormente la situación no sea distinta, esto es, que la víctima de un delito se vea completamente sola después de haber sido cometido el hecho. Todos estos factores, no parece muy difícil llegar a esta conclusión, tienen incidencia en la comisión de delitos en las sociedades de hoy.

(Alejandro Rodríguez Morales)

Zombie

Camino como un zombie,
no tengo siquiera consciencia
de mis pasos,
si llevo algún rumbo
lo desconozco,
sin embargo camino,
lo hago
como un fantasma exangüe;
tal vez
quienes me vean piensen
que algún familiar
se me ha muerto,
en realidad,
es algo dentro de mí
lo que murió algún día,
ya no recuerdo cuándo;
o quizá piensen
que atravieso una ruptura
y llevo el sabor amargo
de la amarga despedida,
ciertamente mi corazón debe
estar bastante golpeado
pero no se trata,
por el momento,
de un despecho de los que te desangran;
otros quizá se digan,
mientras paso,
que debo haber perdido
la cordura.
Quizá esta sea
de todas las hipótesis
la más verosímil.