La vigencia de Pessoa en la Venezuela de hoy (un fragmento de sus Diarios)

El sábado pasado me compré los Diarios de Fernando Pessoa, publicados por la Editorial Gadir de España en una muy bien cuidada edición. Pessoa ha sido para mí, desde 1995, año en que leí por primera vez sus poemas, un autor imprescindible, al que no dejo de leer y releer. Hoy lunes terminé de leerme este pequeño gran libro que son los mencionados “Diarios” y vaya que disfruté leyendo las reflexiones que el genial poeta portugués iba anotando cada día, a veces sin demasiada rigurosidad ni formalidad pero siempre permitiendo al lector conocer algunos de los detalles de su cotidianidad, incluidas las profundas reflexiones que en ocasiones plasmaba.

Precisamente, entre las reflexiones que hace Pessoa en estos Diarios hay una (que data de nada menos que entre 1918 y 1919) con la que me sentí particulamente identificado y que considero resulta de suma vigencia en la Venezuela de hoy.

Se trata del tema de la imparcialidad o, dicho en otros términos, de la objetividad en los análisis que hacemos, en el caso venezolano especialmente en materia política. Se sabe que, lamentablemente, es poco frecuente en la actualidad encontrar personas objetivas o imparciales, imperando más bien el radicalismo o el extremismo en todo lo que tenga que ver con política; lo que termina atentando contra toda racionalidad y nubla el pensamiento a tal punto que pueden perderse las propias perspectivas y traicionarse incluso los conocimientos que puedan tenerse.

No quiero extenderme demasiado en el punto porque creo que el fragmento de Pessoa que cito a continuación es tan contundente que no necesita de mayores teorizaciones. Ojalá en algún momento se recupere en nuestro país la cordura y la calma para poder ver las cosas en su justa medida y no movidos simplemente por lo que nuestras entrañas nos dictan. Pero mejor que hable Pessoa:

Fragmento de los “Diarios” de Fernando Pessoa:

Sucede que tengo precisamente aquellas cualidades negativas para el objetivo de influir, del modo que sea, en el ambiente social en general.

Soy, en primer lugar, un razonador, y lo que es peor, un razonador minucioso y analítico. Pero el público no es capaz de seguir a un razonador, ni es capaz de prestar atención a un análisis.

Soy, en segundo lugar, un analista que busca, en la medida de lo posible, descubrir la verdad. Pero el público no quiere la verdad, sino la mentira que más le guste. A esto hay que añadir que la verdad – en todos los aspectos, pero especialmente en cuestiones sociales – es siempre compleja. Pero el público no comprende ideas complejas. Hay que limitarse a darle ideas simples, generalidades vagas, es decir, mentiras, aunque tengan su origen en verdades; y es que ofrecer como simple lo que es complejo, dar sin distinciones lo que es necesario distinguir, ser general donde importa especificar para definir, y ser vago en materias en las que lo fundamental es la precisión; todo esto, es lo mismo que mentir.

Soy, en tercer lugar, y por esto es por lo que busco la verdad, tan imparcial como me es posible. Pero el público, movido en lo más íntimo por sentimientos y no por ideas, es orgánicamente parcial. Por esto, no sólo le desagrada y le deja indiferente, por ajeno a su propia índole, hasta el propio tono de la imparcialidad, sino que todo esto, además, se agrava por las concesiones, distinciones y restricciones que se hacen necesarias para ser imparcial. Entre nosotros, por ejemplo, y en la mayoría de los pueblos del sur de Europa, o se es católico, o anticatólico, o indiferente al catolicismo como a todo lo demás. Si yo hiciera, por ejemplo, un estudio del catolicismo, en el que tendría que decir forzosamente cosas buenas y malas, indicar ventajas y desventajas, apuntar defectos que se compensan por virtudes, ¿qué sucedería? No me escucharían los católicos, que no aceptarían que hablara mal del catolicismo. No me escucharían los anticatólicos, que no aceptarían que hablara bien. No me escucharían los indiferentes, para quienes todo el asunto no sería más que un rollo ilegible. Así resultaría absolutamente inútil ese estudio, por muy cuidado y escrupuloso que fuera – y aún más – sería más inútil, porque sería menos aceptable para el público, cuanto más cuidado y escrupuloso. Sería, en el mejor de los casos, apreciado por algún que otro individuo de índole semejante a la mía, razonador sin tradiciones ni ideales, analista sin prejuicios, liberal, porque liberto, no por siervo de la idea simplificada de libertad. Y a ese, sin embargo, ¿qué podría enseñarle? Como mucho, algunas cuestiones particulares del catolicismo, en el caso que hemos tomado como ejemplo, si es que el tema le es ajeno. Y si a él, buscador intelectual como yo, le es extraño el asunto, entonces es que nunca le ha interesado, y si nunca le ha interesado, ¿por qué iba a leer lo que escribí sobre el tema?

De todo esto parece que hay que concluir que un estudio razonado, imparcial, científicamente dirigido, sobre un tema, es un trabajo socialmente inútil. Y así es, de hecho. Es, como mucho, una obra de arte, nada más. Vos praetera nihil.

Las sociedades están dirigidas por agitadores de sentimientos, no por agitadores de ideas.

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